El crimen, mejor en pequeñas dosis / Dos miniaturas de Horacio Altuna

 

El relato de misterio se cuenta entre mis lecturas preferidas. Las fundacionales ficciones de Edgar Allan Poe y Arthur Conan Doyle, el folletín policiaco de Edgar Wallace, la “novela problema” de S. S. Van Dine, Rex Stout, G. K. Chesterton o Agatha Christie, los grandes nombres de la serie negra desde Hammett y Chandler, los relatos psicológicos de Patricia Higsmith, la novela de espionaje, desde E. Philip Oppenheimer y John Buchan a Ian Fleming y John le Carré, la literatura policiaca, de misterio, violencia y crimen me apasionan desde siempre. Y el cuento policiaco me parece la quintaesencia de este tipo de ficción.
     La narración breve, el cuento, exige al autor un dominio del tema y un uso preciso de los elementos para que el resultado sea perfecto. Y cuando eso se consigue, el lector siente un latigazo de emoción, un relámpago que le sacude como una descarga. La novela larga apunta al cerebro; el cuento, al corazón.
     Desde muy pronto empezaron a aparecer historias que narraban la lucha entre los defensores de la ley y quienes la violaban, al principio casi siempre enfocadas en el personaje del agente de policía o del detective privado, aunque no tardó mucho tiempo el malhechor en tomar el centro del escenario, si no en el papel protagonista, para lo que hubo de pasar mucho tiempo, sí en el de la atención de los creadores, que descubrieron enseguida que el personaje más importante de la ficción policial casi nunca es quien lucha a favor de la justicia, sino quien la quebranta.
     La historieta ha bebido de esta fuente. Hoy presento dos breves narraciones gráficas de temática criminal. Ambas las ilustra un eminente artista, Horacio Altuna, bien conocido en España, que comenzó su carrera en su Argentina natal en 1965, donde alcanzó la fama con series tan importantes como Kabul de Bengala o El loco Chávez, con los mejores guionistas de aquel país o ilustrando sus propios relatos. En los años ochenta, asentado en España, continuó su trabajo publicando obras propias y de los más selectos autores para el sello Toutain. Su dibujo es fundamental en estos dos relatos, que no serían lo mismo sin el eficaz juego de luces y sombras, la precisa identificación de los protagonistas y la precisión narrativa conseguida por Altuna con gran economía de trazos.
     La primera historia es un mazazo de Carlos Trillo, un brillante guionista argentino que sólo necesita seis páginas para desarrollar una fábula seca como un disparo.

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     El segundo relato lo firma Guillermo Saccomano, otro de los grandes narradores de la historieta argentina. En ella laten los ecos del cine de Sam Peckinpah o de la leyenda de Bonnie and Clyde.
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