“Ven, ven, Lucifer”, el visceral humor de Regueiro / I

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El humor es algo que surge de lo más profundo de las vísceras del autor… por lo menos para Francisco Regueiro. Cineasta, escritor, pintor, caricaturista, dibujante, este turbador artista emplea para realizar su obra  un conjunto de insólitos elementos (la vida, la muerte, el amor, la maternidad, el matrimonio, el cuerpo humano, con sus vísceras, sus huesos y su sangre…) contemplados desde insanos puntos de vista que nos obligan a cuestionar seriamente nuestros conceptos sobre el propio fundamento del humor.
     Como director cinematográfico, su obra no es fácil de clasificar. Películas como Me enveneno de azules, Duerme, duerme, mi amor, Carta de amor de un asesino, Las bodas de Blanca o Madregilda, entre otras, se cuentan entre las “rarezas” del cine español, y pueden deparar agradables sorpresas al revisarlas una vez que el rodillo del tiempo ha efectuado su normalmente destructiva labor. Por desgracia, no suelen ser fácilmente accesibles en los circuitos habituales.
     Como artista gráfico, su estilo es despojado, preciso y libre de adornos y solemnidades. No conozco su pintura, sólo puedo hablar, por tanto, de sus dibujos, de sus líneas crudas, desnudas y crueles. Y de su inquietante mundo, del que es buen ejemplo el libro que hoy visita el blog. Ven, ven, Lucifer, publicado en 1971, es un arriesgado ejercicio de provocación contra el instinto censor de cualquier autoridad “civilizada”, una colección de mudas puñaladas a los más íntimos sentimientos del observador indefenso. ¿Se puede hablar de humor ante esta acumulación de horror inexplicable, de insoportable dolor? En un mundo habitado por cuerpos mutilados, ahorcados, mordidos, acuchillados… la herida, el dolor, la muerte… ¿qué mensaje puede extraerse de la imagen de un esqueleto que acuna a un bebé contra sus descarnadas costillas, quizá la amante madre que quisiera amamantarlo con sus inexistentes pechos? ¿Es la idea de que el amor es más poderoso que la muerte la que transmiten las cabezas de dos amantes decapitados que se besan apasionadamente?
     Parece sorprendente que en los años finales de la dictadura pudiera publicarse en España un libro tan desasosegante como éste sin que la temida censura descargara su afilada guadaña, pero hay muchas pruebas de la falta de lógica y la eventual inexplicable ceguera del aparato represor del franquismo, más preocupado a veces en cubrir desnudeces femeninas de papel o celuloide que en bucear en el sentido real de los contenidos de una obra artística… hasta que otra instancia, a veces del exterior, le abre los ojos (inefable el caso Viridiana, con repercusión en las relaciones con el Vaticano).
    Juan Benet prologa los dibujos de Regueiro con 18 páginas manuscritas que podéis leer, si sentís curiosidad, pulsando sobre cada número de esta lista:

pág. 1, pág. 2, pág. 3, pág. 4, pág. 5, pág. 6, pág. 7, pág. 8, pág. 9, pág. 10,

pág. 11, pág. 12, pág. 13, pág. 14,  pág. 15, pág. 16, pág. 17, pág. 18

     Regueiro espera cuarenta páginas antes de presentar su justificación, también mediante un texto manuscrito en el que se lava las manos ante la posibilidad de cualquier perniciosa consecuencia para el desprevenido contemplador de su obra, cargando las culpas sobre el prólogo de Benet, “por su timorato y misantrópico espíritu marxista-leninista y su carácter huraño”… “y su pluma venenosa” (!).
     El libro termina angustiosamente: en la última estampa, un hombre, armado con un cuchillo ensangrentado, huye del diluvio de sangre que inunda la página y que, evidentemente, él mismo ha derramado.
    Esta obra puede gustar más o menos, pero, como tantas veces se ha dicho de otras con mucho menos motivo, lo difícil es que deje indiferente.

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