Uno de los últimos cuentecillos de Blasco / “La panda se entretiene”

En los años setenta, el impresor y editor aficionado Juan Martí Pavón se lanzó a la aventura de resucitar las añejas revistas de historietas, creando para ello la revista Chito, en la que consiguió reunir firmas de clásicos de nuestros tebeos como Bernet Toledano, Jordi Buxadé, Carlos Freixas y Antonio Pérez Carrillo, además de históricos como el guionista José Canellas y los maestros Arturo Moreno, Emilio Freixas y Jesús Blasco.
     Durante dos años más o menos se mantuvo la colección, compuesta por una veintena de números “corrientes” más cinco o seis finales monográficos que por problemas de distribución no todos los aficionados llegamos a conocer y una serie de ejemplares extraordinarios. Dos de aquellos extraordinarios conformaban una colección independiente dedicada a Los amigos de Cuto, el personaje estrella de Blasco. El primero presentaba una historia de Anita Diminuta que ya apareció en este blog hace algún tiempo, y el segundo es el que traigo hoy para abrir esta nueva etapa después de unas semanas de descanso viajero.
     Se trata de un cuentecillo infantil de ambiente deportivo, y como en el caso del de Anita, está estructurado en un curioso estilo “redundante”: cada página contiene una tira a todo color, y al pie, un texto narra exactamente lo mismo que vemos en las viñetas, casi con las mismas palabras. ¿Una forma de practicar la lectura para los estudiantes?
     En cualquier caso, sin ser una obra maestra ni pretenderlo, es un agradable trabajo del maestro Blasco, en cuya producción ocuparon siempre un importante lugar los relatos dedicados, como éstos, al público infantil y juvenil.

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Barrachina, cantor de cafetín y héroe por accidente / “La noche anterior”, de Sento

 

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Sento, Vicente Llobell, forma parte de la nueva generación de autores que se unió a los viejos maestros de la edad de oro del cuaderno de aventuras, aportando ideas nuevas y decisión para llevarlas a la práctica. Uno de los núcleos más coloristas y vivos de este renacer del tebeo vino de Levante, como no podía ser menos, con un foco en Barcelona, y otro en Valencia, heredero de la rica tradición de las editoriales Maga y Valenciana y del espíritu artístico y festivo cuya expresión más espectacular son las Fallas y hogueras que se extienden por toda la comunidad.
     El tebeo de la época dorada llegaba a todos los rincones y era devorado por una legión de lectores.
     La lectura de los tebeos era muchas veces un rito público que se realizaba en grupo: en cada barrio había un lugar donde sentarse todos juntos, cada uno con su montón de tebeos para intercambiar y de esta forma poder seguir las aventuras de todos nuestros héroes. También se podían alquilar ejemplares en algunos quioscos o a los más “ricos” del barrio, por un precio que variaba dependiendo de las colecciones o la dificultad del tebeo. Al menos en el ambiente en el que yo me movía, los niños de los años cincuenta no podían permitirse comprar muchos tebeos. Uno o dos a la semana como mucho, más alguno “de risa” que les regalaba su padre. De esta forma, completar una colección era algo verdaderamente difícil.
     La bonanza económica vino a cambiar los hábitos sociales y el ocio de aquella juventud, y así comenzó el calvario y la transformación del mundo editorial del tebeo en España. Nuevas aficiones, ¡la televisión!, el cine más accesible, el deporte, los discos… El tebeo dejó de ser el centro del ocio y empezó a perder su aura mítica. Fueron los años del desgaste, las editoriales lanzaron productos cada vez más descuidados, colecciones sobre series de televisión, refritos… y el mercado se fue degradando, ¡y el tebeo era cosa de niños!
     En ese momento, los antiguos niños habíamos crecido, empezamos a recibir noticias de otros comics, el prestigio del cómic americano, francés, italiano, argentino, echó una palada más sobre la tumba aún abierta de nuestros tebeos infantiles… Ya no se cambiaban tebeos, ya había que comprar todo lo que quisieras leer, llegó la hora de las visitas al Rastro, a los distintos mercadillos…
     Y en alguna cueva, escondidos, otros dibujantes de los que no sabíamos mucho se preparaban para salir a la luz. Hubo una revista de horrible estética, Star, otra un poco menos fea, El Víbora, y otra con un título de bolero que no sabíamos muy bien qué tenía que ver con los tebeos, Bésame Mucho, y en ellas, entre muchas páginas oscuras, difíciles, incomprensibles para los que no estábamos en el ajo, llenas de sexo, droga y violencia, algunas verdaderas perlas, historietas clásicas que nos hablaban en un lenguaje que aún entendíamos, y gracias a ellas pudimos ir acercándonos al resto de los nuevos artistas. En unos pocos años, esos nombres habían cambiado el panorama del tebeo: Montesol, Scaramuix, Mariscal, Max, Daniel Torres, Gallardo y Mediavilla, Roger, Calonge, Mique Beltrán… y Sento.
     La historia que ocupa hoy nuestro espacio: La noche anterior, es una obra de Sento publicada en los números 3 y 4 de Bésame Mucho. El dibujante se había estrenado en la revista en el número anterior con una historieta muda de dos páginas, Los huevos del comprador (que puede disfrutarse también aquí mismo). Su dibujo limpio y anguloso suple la ausencia de diálogo con su fallera expresividad.  

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     Barrachina es el cantante de un cabaret que se ve mezclado en un sucio embrollo de enjuagues urbanísticos que realmente no iba con él y del que paradójicamente le ayuda a escapar el levantamiento de los militares en julio de 1936. Sus aventuras aparecieron intermitentemente en Bésame Mucho hasta la desaparición de la revista. El guionista, J. Ferrer, no aparece acreditado hasta el tercer episodio, Adiós, Lulú, publicado en el número 10. El formato apaisado de la primera historia obligó a imprimirla de lado en la página, dificultando la lectura. Las demás entregas fueron verticales. Es una característica muy común de la historieta valenciana la atención al rotulado de los textos. En el caso de Sento es casi una seña de identidad el estilo veloz y afilado de su letra, de una claridad mediterránea que a veces parece cegar al lector. 

     Aquí tenemos a Barrachina lanzándose a desfacer entuertos en su primera aventura desde el escenario del Tropical. 

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“Ven, ven, Lucifer”, el visceral humor de Regueiro / I

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El humor es algo que surge de lo más profundo de las vísceras del autor… por lo menos para Francisco Regueiro. Cineasta, escritor, pintor, caricaturista, dibujante, este turbador artista emplea para realizar su obra  un conjunto de insólitos elementos (la vida, la muerte, el amor, la maternidad, el matrimonio, el cuerpo humano, con sus vísceras, sus huesos y su sangre…) contemplados desde insanos puntos de vista que nos obligan a cuestionar seriamente nuestros conceptos sobre el propio fundamento del humor.
     Como director cinematográfico, su obra no es fácil de clasificar. Películas como Me enveneno de azules, Duerme, duerme, mi amor, Carta de amor de un asesino, Las bodas de Blanca o Madregilda, entre otras, se cuentan entre las “rarezas” del cine español, y pueden deparar agradables sorpresas al revisarlas una vez que el rodillo del tiempo ha efectuado su normalmente destructiva labor. Por desgracia, no suelen ser fácilmente accesibles en los circuitos habituales.
     Como artista gráfico, su estilo es despojado, preciso y libre de adornos y solemnidades. No conozco su pintura, sólo puedo hablar, por tanto, de sus dibujos, de sus líneas crudas, desnudas y crueles. Y de su inquietante mundo, del que es buen ejemplo el libro que hoy visita el blog. Ven, ven, Lucifer, publicado en 1971, es un arriesgado ejercicio de provocación contra el instinto censor de cualquier autoridad “civilizada”, una colección de mudas puñaladas a los más íntimos sentimientos del observador indefenso. ¿Se puede hablar de humor ante esta acumulación de horror inexplicable, de insoportable dolor? En un mundo habitado por cuerpos mutilados, ahorcados, mordidos, acuchillados… la herida, el dolor, la muerte… ¿qué mensaje puede extraerse de la imagen de un esqueleto que acuna a un bebé contra sus descarnadas costillas, quizá la amante madre que quisiera amamantarlo con sus inexistentes pechos? ¿Es la idea de que el amor es más poderoso que la muerte la que transmiten las cabezas de dos amantes decapitados que se besan apasionadamente?
     Parece sorprendente que en los años finales de la dictadura pudiera publicarse en España un libro tan desasosegante como éste sin que la temida censura descargara su afilada guadaña, pero hay muchas pruebas de la falta de lógica y la eventual inexplicable ceguera del aparato represor del franquismo, más preocupado a veces en cubrir desnudeces femeninas de papel o celuloide que en bucear en el sentido real de los contenidos de una obra artística… hasta que otra instancia, a veces del exterior, le abre los ojos (inefable el caso Viridiana, con repercusión en las relaciones con el Vaticano).
    Juan Benet prologa los dibujos de Regueiro con 18 páginas manuscritas que podéis leer, si sentís curiosidad, pulsando sobre cada número de esta lista:

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pág. 11, pág. 12, pág. 13, pág. 14,  pág. 15, pág. 16, pág. 17, pág. 18

     Regueiro espera cuarenta páginas antes de presentar su justificación, también mediante un texto manuscrito en el que se lava las manos ante la posibilidad de cualquier perniciosa consecuencia para el desprevenido contemplador de su obra, cargando las culpas sobre el prólogo de Benet, “por su timorato y misantrópico espíritu marxista-leninista y su carácter huraño”… “y su pluma venenosa” (!).
     El libro termina angustiosamente: en la última estampa, un hombre, armado con un cuchillo ensangrentado, huye del diluvio de sangre que inunda la página y que, evidentemente, él mismo ha derramado.
    Esta obra puede gustar más o menos, pero, como tantas veces se ha dicho de otras con mucho menos motivo, lo difícil es que deje indiferente.

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La aventura en estado puro / Conclusión de “Las minas del rey Salomón” de Salinas

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Cuando concluye un relato de aventuras como es debido, la sensación que permanece es ambivalente. Por una parte, la exaltación de la acción, los peligros y las emociones mantienen el ánimo en un estado de excitación que no puede reproducirse con ningún medio artificial. No hay droga que restituya la felicidad que proporciona la lectura de La isla del tesoro o de Miguel Strogoff ni licor con el que alcanzar la embriaguez que producen obras como Taras Bulba, Ivanhoe o Los tigres de Mompracem.
     Por otra parte, queda la sensación de pérdida, de tristeza por el viaje concluido. Querríamos seguir colgando de las lianas con Tarzán, navegar en el velero del Pirata Negro eternamente. Pero eso ya se acabó.
     Hoy nuestro rincón ha llegado a uno de esos momentos. Allan Quatermain y sus compañeros bajarán a la gruta del tesoro, Foulata sacrificará su vida por el hombre blanco al que entregó su corazón, y sir Henry encontrará por fin a su hermano. La tarea ha concluido, la aventura ha terminado. José Luis Salinas desplegó en estas 64 hermosas planchas su magia, y a nosotros no nos queda más remedio que esperar a otro mago que nos embruje con su arte y nos embarque en una nueva aventura. 

 

 

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Paciencia y barajar / El juego de póquer de cine de “El Jueves”

Jueves_00p La revista humorística El Jueves publicó en 1995 un número extraordinario dedicado al cine en cuya portada se anunciaba el regalo de un “juego de poker de película”. Se trataba de un encarte de cartulina recortable con una baraja de pequeñas dimensiones (5,5 por 7,5 centímetros) integrada por caricaturas de actores y directores cinematográficos.
     En los trece naipes de cada palo, grandes figuras del cine nacional e internacional aparecen retratados en sus papeles más conocidos o importantes, cuando se trata de actores clásicos, o como los personajes de las películas más recientes en aquellos momentos. Así, encontramos a Michael Douglas y Sharon Stone en una tórrida postura alusiva al filme Atracción fatal; a Dustin Hofman travestido en Tootsie, a Tom Hanks sentado en el banco como Forrest Gump; a Marlon Brando y Al Pacino compartiendo naipe como los “padrinos” Corleone; a Fernando Trueba transformado en un desnudo y dorado Oscar redivivo rodeado por los actores protagonistas de Belle époque
     Las figuras no guardan ninguna relación Jueves_01pcon los naipes en los que aparecen, ocupando el puesto de reina de corazones Clark Gable y Vivien Leigh en una bien recreada escena de Lo que el viento se llevó, mientras la de diamantes la encarna una “locaza” Robin Williams en su personaje de Una jaula de grillos, la de picas la representa un actor tan poco “femenino” como Lee Marvin, y la de tréboles, otro no menos varonil, Edward G. Robinson.
     Los dibujantes a los que debemos la realización de las caricaturas son Joan Vizcarra y Jordi Ginés, Gin, según consta en el respaldo de la baraja, aunque su firma no aparece en los naipes ni la revista lo acredita en ningún otro sitio, con lo que no hay manera de diferenciar cuál es el autor de cada naipe. Es una práctica editorial desesperante para el lector interesado la de olvidar u ocultar esos datos.
     Siempre he sido muy aficionado a este tipo de objetos (cromos, juguetes, miniaturas, chapas, llaveros, canicas, papel secante…). Recuerdo aquellas cajas de cerillas de Fosforera Española, con escudos, trajes regionales, castillos, y especialmente una serie de finales de los años cincuenta de caricaturas de futbolistas. Desgraciadamente, salvo coleccionistas cuidadosos, los niños “normales” acabábamos perdiendo todas aquellas maravillas.
     Para quienes lamenten no haberla conservado y para que la descubran quienes no la conocieron, aquí está la baraja del cine de Gin y Vizcarra para la revista El Jueves. La ilustración de la portada es de Enrique Ventura, y la página humorística basada sobre la misma escena de La tentación vive arriba, de Fer.

     

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El regreso de Gago a la Edad de Piedra / “Piel de Lobo”

PdL90_00pLa edad de oro del cuadernillo de aventuras alcanzó los primeros años de la década de los sesenta. Cada semana asomaban al quiosco decenas de colecciones entre las que se encontraban las más recordadas y añoradas por los lectores. Si con la llegada de El Capitán Trueno Barcelona consolidó su título de centro del mundo editorial y Bruguera el de dueña del mercado, en Valencia seguía en marcha la más impresionante máquina productora de viñetas del tebeo español de aventuras: Manuel Gago.
     La ingente producción de Gago limitó sus posibilidades de conseguir el nivel de excelencia artística que hubiera podido alcanzar de haber tenido ocasión de dedicar a su obra la atención suficiente. Su dibujo es apresurado, tosco muchas veces, abandonado incluso. Ése era un mal que aquejaba a casi todo el trabajo de Gago como al de muchos otros de aquellos esforzados de la ruta del tebeo de los cincuenta.  La contrapartida "positiva" es que no les quedaba tiempo para sentirse "artistas" y dedicaban todas sus energías con auténtico afán a lo que sabían hacer, contar historias con sus dibujos, y en el caso de Gago con una personalidad tan arrolladora que le independiza desde muy pronto de las influencias de sus maestros y le convierte en el guía indiscutible de una generación completa de creadores del tebeo español.
     Esto no significa que su trabajo carezca de valor artístico. Sus portadas son verdaderamente hermosas, y el vigor y la energía de su trazo y su facilidad para llegar a soluciones gráficas personales han sido reconocidos por todos los expertos y estudiosos.
     Después del gran éxito obtenido con El Guerrero del Antifaz, Manuel Gago desarrolló en Purk, el Hombre de Piedra, una saga prehistórica que se mantuvo durante más de doscientos números con notable respuesta de público. En 1959 regresó al mundo de las cavernas con otra colección, Piel de Lobo, que mostraba sobre su predecesora algunas diferencias sustanciales por encima de su aparente similitud. Nacida en una época sombría, El Hombre de Piedra, al igual que El Guerrero del Antifaz, fue una colección eminentemente "seria", incluso sombría a veces, con una trama repleta de venganzas, luchas y muertes. Piel de Lobo, fruto de un tiempo más esperanzado, permitía un resquicio de sonrisa, y sus aventuras transcurrían por escenarios menos lóbregos que los de su hermana mayor. Tras un comienzo poco prometedor en el que se repiten esquemas mil veces repetidos (lucha de clanes, rapto del hijo del jefe, que es criado por una loba, y reaparición de éste convertido en un adolescente tarzanesco que salva a su padre y lucha contra sus enemigos), la historia se lanza a un derroche desbocado de imaginación: Piel de Lobo (acompañado de su “nodriza”, la loba Buma, su protector, el mago Garú, y su compañera, la joven Luana), recorre un mundo repleto de bestias fantásticas y razas misteriosas saltando de aventura en aventura en los escenarios más insólitos, habitados por seres de pesadilla y con giros de guión insospechados en los que la verosimilitud es la menos necesaria de las virtudes (y de hecho, es inexistente muchas veces).PdL50_00p 
     La premura en el trabajo es a veces evidente. Es el caso de la viñeta cuyo texto de apoyo reza “Pero algo viene silbando por el aire y se le clava al traidor en el costado”, mientras la imagen muestra una flecha en la espalda del personaje.
     Con sus sombras y sus virtudes, Piel de Lobo es una de las colecciones que mejores recuerdos han dejado en mi memoria. En su día empecé a coleccionarla, llegando a tener bastantes números. Después desapareció, con todos mis otros tesoros, y he tenido que buscar en el Rastro y en donde he podido, sin conseguir completarla tampoco ahora, con lo que los ejemplares que tengo no son todo lo flamantes que uno quisiera, y algunos están bastante deteriorados.
     El inicio de una colección es importante para poder seguir la trama, aunque para conocer de verdad la serie suele ser más adecuado leer un fragmento más adelantado. Por ello, vamos a repasar los dos primeros números, con el principio de la saga, y luego pasaremos a un episodio más definitorio de lo que fueron las aventuras de Piel de Lobo.    

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     Damos ahora un salto hasta el número 19 de la colección. Encontramos a Piel de Lobo, Luana, Garú  y la loba Buma acosados por los gigantes de la montaña, que les han acorralado en una caverna. Este episodio es una muestra del mecanismo narrativo de la serie, alejado de cualquier sombra de verosimilitud, con nuestros héroes prehistóricos haciendo gala de un lenguaje y unos conocimientos inauditos, con un sistema de tortura consistente en introducir a los “pacientes” en cubos de hielo que parece ideado por el gerente de una fábrica de helados de aquellos años cincuenta y con un hechicero dotado de poderes mágicos que responden a la voz de “Leviatán, Leviatán, las cosas que yo quiera sucederán”. 

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Un guionista, un dibujante, una historia… / Los ojos y la mente de Trillo y Breccia

Mientras esperamos la llegada de la segunda parte de Las minas del rey Salomón de José Luis Salinas, llega hoy a nuestro espacio, procedente también del Cono Sur, un equipo artístico de lujo para ofrecernos dos episodios con resonancias oesterheldianas.
     Carlos Trillo es un dotado guionista capaz de adaptar sus historias al artista encargado de darles vida. Su reunión con Alberto Breccia dio lugar a una serie que obtuvo un gran éxito, “Un tal Daneri”, y a otros trabajos, entre los que se encuentra el que ocupa nuestra entrega de hoy.
     “Los ojos y la mente” es un conjunto de relatos de doce páginas que traen el aroma de las historias del autor de El Eternauta. No puedo evitar el recuerdo de Sherlock Times y de Mort Cinder como lejanos precedentes de los viajes mentales y los desplazamientos temporales de Cornelius Dark.
     Es difícil pensar en otro dibujante para estas historias. El arte de Breccia pone en pie los relatos de Trillo, les da la atmósfera y el ritmo necesarios y les insufla el aliento justo.
     Todo empieza en un manicomio…

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     Dark ha escapado de su encierro por primera vez, y en su salida ha encontrado una misión cuyo cumplimiento le estaba reservado. Este esquema se repetirá, con algunas variaciones, en otros episodios. Por ejemplo en el segundo viaje lo que le esperaba era una trampa mortal…

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